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En el amor verdadero que Jesús nos da y que hace que nuestra respuesta a Él también sea un amor verdadero, se produce esa unión con Él que será indestructible, siempre y cuando le permanezcamos fieles.
Seguramente, no todos sus oyentes, tanto de entonces como de ahora, pueden comprender de inmediato sus palabras. Incluso sus discípulos solían precisar una explicación más detallada del Señor sobre lo que había hablado en público. Pero tampoco es necesario entenderlo todo. Lo esencial es que las personas confíen en el Señor y se dejen tocar por la verdad de sus palabras y obras, así como por la divinidad de su Persona. Si esto sucede, recibirán el Espíritu del Señor, que seguirá instruyéndolas y haciéndoles comprender cada vez más lo que el Señor quiere decirles.
Entonces Jesús pronuncia estas palabras que marcarán el futuro: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor.”
Jesús vino para unir a toda la humanidad en sí mismo. La Iglesia, fiel Esposa de Cristo, recibió de Él este encargo. Como discípulos suyos, sabemos lo que esto significa. A través del anuncio del Evangelio y la edificación de su Iglesia, el Señor quiere reunir en un solo cuerpo a judíos y gentiles, siendo Él mismo su cabeza. Todos los hombres han de experimentar la salvación. Jesús nunca renunció a este imperativo, ni puede la Iglesia desprenderse de este encargo o relativizarlo adaptándolo al espíritu del tiempo. Así como la fidelidad de Dios es inquebrantable, también lo es la misión que Él encomienda.
Una vez más, Jesús pronuncia una frase que debemos aprender a comprender en profundidad: Él da su vida por las ovejas. Ése es el mandato que ha recibido de su Padre. Pero la da libremente. Jesús no está a merced de las circunstancias que le sobrevienen. Él mismo determina la hora de su muerte. Él da su vida y, en virtud de su divinidad, puede tomarla de nuevo. Así sucederá más tarde, cuando resucite de entre los muertos.
Cuando Jesús dijo todo esto delante de los judíos, aquellos que no querían entenderlo lo interpretaron como una locura provocada por la posesión del demonio y advirtieron a los demás que no le escucharan.
Sin embargo, Jesús anuncia la sabiduría de Dios y todo lo que el Padre Celestial había dispuesto para sus amados hijos. No todos se dejaron llevar por las sospechas contra Jesús, sino que confesaron: “Cosas así no las dice uno que está endemoniado. ¿Es que puede un demonio abrir los ojos de los ciegos?”
**10 de febrero de 2025
EVANGELIO DE SAN JUAN
“Un solo rebaño y un solo Pastor”
Jn 10,10-21
“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre”. Se produjo de nuevo una disensión entre los judíos a causa de estas palabras. Muchos de ellos decían: “Está endemoniado y loco, ¿por qué le escucháis?” Otros decían: “Cosas así no las dice uno que está endemoniado. ¿Es que puede un demonio abrir los ojos de los ciegos?”
El Buen Pastor da su vida por las ovejas. Esta es la diferencia crucial con el asalariado. A este último no le importan las ovejas. Si interpretamos esta parábola de Jesús considerando a las personas como las ovejas, podríamos decir que el asalariado no tiene una relación de amor con las personas que le comprometería a hacerse cargo de ellas. Cuando ve venir al lobo, teme por su vida y abandona las ovejas a su suerte. En el peor de los casos, incluso se alía con los lobos y adopta sus rasgos.
El vínculo que une al Señor con sus ovejas es tan profundo que Él nunca podría abandonarlas. Su Padre se las ha entregado como un precioso tesoro y no quiere que ninguna se pierda. ¿Cómo podría quererlo? Las promesas de Dios son inquebrantables y están marcadas por su sello. A pesar de la infidelidad de su pueblo, nuestro Padre Celestial jamás rompió su alianza con nosotros. Su Hijo incluso la selló con su propia sangre.
Jesús entabla una íntima relación con los suyos. A partir de ahí, se da ese conocimiento mutuo entre las ovejas y el Pastor, y también entre todas las que le siguen. Se trata de un reconocimiento mutuo: nosotros nos sabemos reconocidos por el Señor y, al mismo tiempo, le conocemos cada vez más profundamente. Esto significa que llegamos a conocer su corazón, que no solo asimilamos sus deseos para nuestro propio camino de seguimiento y para toda la humanidad, sino que éstos se convierten en nuestros propios deseos.
Al contrario, Él nos enseñará a refrenarlos, para que volvamos a ser receptivos. En este punto, es fundamental la mención de la mansedumbre, que aparece en la lectura de hoy y que todos debemos aspirar.
La mansedumbre, en contraste con la ira desenfrenada, es una actitud muy espiritual. De ninguna manera se trata de una apatía o indiferencia propia de nuestro temperamento natural, que no se exalta por nada ni muestra interés por cosa alguna.
Hemos de ejercitarnos en la mansedumbre, aprendiendo también a percibir cuáles son las causas de nuestro enojo, porque ciertamente no siempre es una “ira santa” la que nos invade. Muchas veces es más bien la impaciencia, porque las cosas no suceden como lo esperábamos o como quisiéramos que fueran, etc. Si son éstas las causas de nuestro enojo, significa que estamos como “atados” a nosotros mismos, sobre todo si el enfado y el disgusto permanecen durante un buen tiempo.
La mansedumbre, por el contrario, renuncia a este tipo de “auto-afirmación” y busca la verdad de la situación objetiva, es decir, no se queda con lo que nos transmiten nuestros sentimientos, sino con la realidad tal como es. Así, la mansedumbre nos refrena, ordena los sentimientos desbordantes y busca aquello que conviene para la verdadera paz. Vale aclarar que es necesario haber tomado previamente una decisión espiritual, porque la ira siempre se justifica y cree tener motivos razonables, puesto que se deja llevar por los sentimientos. Por ello, es necesaria la decisión de no darle riendas ni justificarla.
Pero, ¿cómo podrá corregirse la ira a tiempo, y no esperar hasta que se haya desvanecido el ardor y la exaltación que produce?
En este punto, entra en juego el consejo del Apóstol: “Recibid la palabra sembrada en vosotros.” Si lo aplicamos concretamente al caso de la ira desenfrenada, sería importante interiorizar, por ejemplo, aquella palabra de la Escritura que dice que “la ira del hombre no hace lo que es justo ante Dios” (St 1,20).
Entonces, deberíamos reflexionar una y otra vez sobre esta frase, meditarla y repetirla. Si notamos que fácilmente surgen en nosotros sentimientos de ira, podríamos incluso recitarla en nuestro interior a modo de jaculatoria, como una “oración del corazón”. ¡Y es que la Palabra de Dios, conforme a lo que nos dice hoy el Apóstol, tiene el poder de salvar nuestras almas! En nuestro ejemplo, esto significaría que la Palabra viene a contrarrestar nuestros sentimientos y pasiones desordenadas, y a fortalecernos para el bien.
Así, nos convertimos en “oyentes de la Palabra” que también la ponen en práctica.
Si atravesamos estas purificaciones interiores y trabajamos seriamente en nuestro interior, no sólo seguiremos más fácilmente las indicaciones del Espíritu Santo, sino que también practicaremos con más naturalidad y facilidad las obras de misericordia, porque es un mismo Espíritu el que nos guía y el que nos da la fuerza para hacer el bien.
**1 de septiembre de 2024
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
“Poned por obra la palabra”
St 1,17-18.21b-22.27**
Toda dádiva buena y todo don perfecto que recibimos viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni fase de sombra. Nos engendró por su propia voluntad, con palabras de verdad, para que fuésemos las primicias de sus criaturas. Por eso, desechad todo tipo de inmundicia y de mal, que tanto abunda, y recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. La religiosidad pura e intachable ante Dios Padre es ésta: ayudar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones y conservarse incontaminado del mundo.
El Apóstol Santiago nos recuerda con toda claridad que nuestra fe debe desembocar en obras concretas; de lo contrario, corre el riesgo de quedarse en una fe muerta (cf. St 2,17) e incluso puede convertirse para nosotros en motivo de condena. Y es que la fe nos enseña cómo debemos vivir y el Espíritu Santo que mora en nosotros nos empuja a concretizarla en las obras. Si no seguimos sus indicaciones, podrá estar ahí el impulso, pero no se “hace carne”; es decir, no se transforma en una realidad palpable.
Entonces, la pregunta que se nos plantea a nosotros, que queremos seguir al Señor, es: ¿Cómo podemos comprender mejor las mociones del Espíritu y ponerlas en práctica?
La lectura nos da una indicación clara: “Desechad todo tipo de inmundicia y de mal, que tanto abunda, y recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas.”
Aquí se nos habla de la purificación de nuestro corazón, de refrenar nuestras pasiones, de aspirar la mansedumbre y de interiorizar la Palabra de Dios. Estas son buenas predisposiciones para saber percibir mejor la voz del Espíritu Santo y para poner por obra lo que Él quiere de nosotros.
La inmundicia y el mal en nosotros –sean los que fueren– nos hacen insensibles ante la delicada presencia del Espíritu Santo y son un impedimento para que Él pueda actuar en nosotros. ¡Nuestra libertad interior queda bloqueada e influenciada por el lado oscuro! Por ejemplo, cuando cedemos a la ira o a otros fuertes sentimientos negativos, éstos nos dominan. Pero no corresponde a la forma de actuar del Espíritu Santo levantar tanto la voz hasta “ahogar” esos sentimientos negativos.
• El Santo Rosario es una oración bíblica.
Desde tiempos remotos, existe en el judaísmo la tradición de rezar el así llamado “salterio”, que son los salmos que también Jesús mismo rezaba con sus discípulos. La Iglesia, particularmente gracias a los monjes, adoptó esta forma de oración litúrgica, y así fue surgiendo la llamada “Liturgia de las Horas”, en la que se distribuyen los 150 salmos en un ciclo semanal o mensual. Al Rosario se lo llamaba el “salterio de la Virgen María”, porque originariamente se rezaban 150 avemarías en los 15 misterios, también en un ciclo ordenado y sencillo de orar, de modo que es accesible a todas las personas. Otro aspecto que el Santo Rosario tiene en común con los salmos es su carácter bíblico.
De hecho, la primera parte del avemaría son las palabras del saludo del ángel, junto con el saludo de Isabel cuando reconoce que la Virgen porta en su vientre al Mesías. En la salutación angélica, se le comunica a María el designio de Dios de que su Hijo se haga hombre, y Ella recibe la invitación a unirse a esta Voluntad de Dios con su libre consentimiento. Al repetir en el Rosario esta salutación angélica, uno se adentra en y actualiza este suceso, que, en primera instancia, estaba determinado para la Virgen, pero se extiende a la humanidad entera. El que ora, saluda a María con esta misma salutación, y actualiza así el acontecimiento salvífico, que se va asentando más y más en el corazón. Además, el acontecimiento de la Anunciación se convierte en un cuestionamiento para la persona que ora: ¿Estamos dispuestos a acoger el mensaje del ángel y a hacer la Voluntad de Dios, para así portar a Cristo al mundo?
• El Santo Rosario es una oración realista.
Desde hace mucho, la Iglesia conoce el amoroso poder que tiene la intercesión de María ante Dios. En la segunda parte del avemaría, se suplica que esta intercesión se extienda a nosotros, particularmente a la hora de la muerte. El poder especial de la intercesión de la Virgen deriva de su cercanía a Dios. Ninguna otra persona fue tan estrecha e íntimamente involucrada en el misterio de la salvación como lo fue María, siendo Madre y discípula de Jesús. El pedir su auxilio para la hora de la muerte procede ciertamente de una experiencia espiritual. Y es que el hombre no puede simplemente desplazar de su vida la realidad de la muerte; sino que debe integrarla. Así, esta súplica no solamente invoca la protección de María y crea una relación de confianza con Ella; sino que implica también una confrontación consciente con la inevitable realidad de la muerte. Gracias a la fe, la muerte puede ser despojada de su amargura y desesperanza. Entonces, hemos de integrar la realidad de la muerte en nuestra vida, y así nuestra vida se hará muy realista.
Para finalizar, escuchemos la oración colecta de la Fiesta del Santo Rosario conforme al Misal antiguo: “Oh Dios, cuyo Unigénito nos alcanzó, por medio de su vida, de su muerte y de su resurrección, los premios de la salud eterna: haz, te suplicamos, que, al recordar estos Misterios en el sacratísimo Rosario de la Virgen Santa María, imitemos lo que contienen y consigamos lo que prometen. Por el mismo Nuestro Señor Jesucristo.”
Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-hora-de-la-decision/#more-7037
25 de agosto de 2024
SERIE SOBRE LA ORACIÓN
“El Santo Rosario”
Después de haber reflexionado sobre los padecimientos de la oración y sobre la Adoración eucarística, dirijámonos ahora a las diversas formas de oración. A pesar de que la oración es, en sí misma, algo sencillo, no siempre nos resulta fácil orar, y menos orar bien. También esto es un arte, y para aprenderlo conviene estudiar las variadas formas y métodos de oración que existen, y, sobre todo, practicar fervorosamente la oración como tal. Una oración bastante difundida y querida en nuestra Iglesia Católica, sobre todo en ciertos círculos, es el Santo Rosario. En muchas de sus apariciones auténticas, la Virgen María nos dice cuán importante es para ella el rezo del Rosario. Por eso vale la pena dedicarle esta meditación a esta valiosa oración.
En su libro sobre el Rosario, el teólogo y maestro espiritual Romano Guardini escribe que el Rosario “es una oración que fluye silenciosamente en un marco ordenado”. Con estas palabras, captó con mucha precisión uno de los secretos inherentes a esta oración: a través del Santo Rosario, uno se adentra en un sereno caudal que brota de Dios hacia el hombre, y que, con la respuesta humana de la fe, retorna de vuelta a Dios.
¿Qué es lo que hace que el Rosario sea tan valioso y recomendable para cultivar y acrecentar la vida de la fe?
Lamentablemente, en ciertos círculos el Rosario se enfrenta a muchos prejuicios. Para algunas personas, no parece ser más que una “repetidera” sin sentido. Para otras, despierta recuerdos desagradables de tiempos pasados, cuando se veían obligados a rezar esta oración en la familia o en la iglesia. Pero estos prejuicios o resistencias pueden superarse si se intenta comprender más a profundidad el sentido del Santo Rosario.
• El Santo Rosario es una oración meditativa; es una clásica meditación cristiana.
La repetición de las avemarías forma una cadena que conduce a los misterios de la salvación. Muchos maestros espirituales destacan el beneficio de una oración repetitiva, que es capaz de recoger el corazón del hombre y silenciar su espíritu inquieto. Un espíritu sosegado y recogido puede concentrarse más fácilmente en el contenido y la esencia de la oración. Los misterios del Santo Rosario, que son las estaciones de la vida de Jesús, se van asentando en el corazón a través de la meditación y la repetición, convirtiéndose en una especie de certeza interior. Y esto, a su vez, lleva a un mayor amor y gratitud hacia Jesús. Es fundamental rezar el Rosario con el corazón; es decir, orarlo en nuestro interior. Una y otra vez las frecuentes repeticiones llaman suavemente al espíritu disperso a volver al verdadero centro de la oración.
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